La vida y el universo se confabulan para darnos zangoloteadas.
Muy grandes zangoloteadas para valorar la vida.
Quería prepararme para su regreso, para ser la mujer de su
vida, para estar en la misma sintonía, para generar amor y transformación a más
personas y en nuestra propia vida. Y así es... Me renové, subí a la más grande
cima, sobreviví y tengo una nueva oportunidad.
Era un fin de semana diferente, todo estaba previamente
planeado. Papá estaría fuera de la ciudad como es de costumbre estos días del
año. Mi hermana y Liliana se fueron a la sierra a su tercer fin del
entrenamiento, así que mamá y yo seríamos hasta el domingo las únicas en la
ciudad.
Como yo tenía decidido ser parte de esta transformación, planeé dormir con mi mamá, aunque ya hacía tiempo no me había dado la
oportunidad de acompañarla. Eso me alegraba y renovaba el corazón.
Llegué a las 23:54 a la casa. Moría de hambre así que en
cuanto llegué, me despojé de mi "botarga” y la colgué en la puerta principal, puesto que
al día siguiente madrugaría para continuar con mi misión de transformar algo en
mí y en mis nuevos y maravillosos participantes. Le avisé a mi gemelo (nombre que se le asigna a mi compañero
staff) que había llegado con bien y me dispuse a calentar mi cena mientras
platicaba con mi madre. (Que curioso el pensar que en mis transformaciones y
huellas de la vida siempre está ella muy presente). Al momento en que calentaba mi spaguetti me di cuenta que
había una vela prendida en el altar que tiene ella arriba del microondas.
-Mira, que bueno que mi mamá usa esta velita todavía, ¿Será
que está pidiendo por algo? -pensé.
-Ya casi se acaba. -volví a pensar, pero desgraciadamente no
le compartí mis pensamientos por compartirle otros aparentemente más
importantes.
Cené y como era una noche fría prendí la calefacción de la
habitación.
Ella se quedó todavía unas 2 horas más trabajando en la
computadora.
Yo lo que quería era dormir, toda la tarde estuve ansiando
dormir en su cama, pues es la cama en donde toda mi adolescencia dormí a su
lado...
Que rico fue acostarme y sentir su olor...
Sin saber que vendría una gran tragedia...
Eran las 3:30 aproximadamente de la madrugada cuando un
estruendo como un tronido nos despertó.
- ¡La coco! -pensé.
¿Qué se oyó? -le pregunté.
-No sé, con cara de extrañeza -Dijo ella.
Un segundo tronido se escuchó más cerca todavía.
-Alguien entró. -Pensé de nuevo.
Mi madre se paró. Como habíamos dormido con la puerta de la
habitación cerrada no sabíamos lo que nos esperaba al abrirla.
Se paró, abrió la puerta y el escenario de humo denso se
apoderó de nuestros ojos.
Yo me quedé todavía en la cama con la idea de que era algo
sin tanta importancia.
Ella salió de la habitación y con voz de desesperación, miedo,
y confusión me dijo: ¡Gaby, Gaby, algo se está quemando!.
Mi primer impulso fue abrir las ventanas de la habitación.
-¡Gaby!, ¡Gaby! se está quemando…. ¡La veladora!.
Salí corriendo a tientas de la habitación, juro por mi vida
que todavía estaba incrédula de la situación, caminé rápidamente hacia la sala,
llegué a la cocina y ahí estaba, vi el fuego.
Dos ráfagas junto al microondas.
Atravesé vidrios y maderas quebrados en el piso de la cocina
para aventar agua pero desafortunadamente el agua propagó más fuego y chispas.
-Mantas, trampos, necesitamos tela. –Decía mi madre con una
gran voz de angustia.
Ella se acercó y de igual forma con sus pies completamente
descalzos piso los vidrios que a primera instancia parecían ser los vidrios de
la estufa, pero no era así...
La alacena había explotado, lo que sucedió fue un corto circuito. Gracias a que la alacena explotó, todas las tazas cayeron al piso generando el sonido que nos despertó y de ahí comenzó el incendio.
y seguía diciendo
tela, tela tela...
Me hice para atrás invocando al papa Juan Pablo II con
insistencia, incluso a San Antonio aunque no tuviera nada que ver con la
situación...
-Virgencita, Juan Pablito, San Antonio...
-No se apaga Gaby, no se apaga, dame tela, trapos, algo!
-Tranquila mamá, todo va a estar bien, tranquila. ¿Te doy mi
ropa? Le dije todavía como esperando su aprobación y que ella me dijera a mí que
iba a salvarnos y todo estaría bajo control.
- Sí, lo que sea, tela, trapos, ¡dame tela!
Me quité la ropa, no me importó pensar que podía ser
peligroso exponer mi cuerpo desnudo de esa manera. Empecé a toser, el humo no
me permitía ya respirar, ansiaba salir mientras a lo lejos mi mamá gritó ¡Abre la
puerta!
-Las llaves, ¿donde están? Mientras caminaba entre la
oscuridad del humo con desesperación.
-No se apaga Gaby, no se apaga. Seguía repitiendo con
insistencia.
-Tranquila decía yo, las llaves. Lo único que quería era
respirar.
Respirar… nunca había valorado el verdadero significado de
respirar aire puro.
A tientas caminé hacía la puerta buscando encontrar las
llaves en el adorno donde se supone deberían estar. No estaban.
-No, en la bolsa Gaby, en mi bolsa, en la mesa del comedor.
-Dame tela, decía, se está prendiendo más.
Alcancé a tomar del respaldo de la silla junto a donde
estaba la bolsa lo que parecía mas tela, su uniforme.
Entre más tiempo pasaba, mi conciencia iba desapareciendo por
la desesperación y el humo que aumentaba constantemente, lo que hizo que de un
momento a otro olvidara donde había dicho que estaban las llaves. ¿En el cuarto?
Las llaves, ¿en el cuarto?, ¿y tu bolsa? –Pregunté con mi voz quebrada y
sofocada.
-Gaby en el comedor, en la mesa del comedor.
Camine de nuevo a tientas, abrí la ventana a un lado de la
puerta principal, donde había colgado mi botarga de staff.
Regresé entre el humo y tomé las llaves de su bolsa al
primer intento.
Regresé tosiendo como un zombie a la puerta, no veía nada,
no veía la chapa.
No puedo abrir mamá, no puedo, repetía, tranquila mamá,
tranquila repetía también.
La desesperación se apoderaba de mi, mis manos temblaban, mi
cuerpo desnudo se tiznaba cada vez más.
-¡Ya! Ya se apagó. – Dijo ella.
Mi salvación.
En ese momento logré abrir la puerta principal...
Y respirar, respirar una vez más. Vivir…
Fueron menos de 5 minutos que nos parecieron eternos, sentía
que no salía, que no iba a lograr respirar una vez más, y entre llanto,
confusión y extrañamente agradecimiento por una oportunidad más y la bendición
de haber estado con ella me hicieron gritar...
- Que bueno que estaba contigo, que bueno que estaba...-
repetía yo con importencia, dolor, llanto, desesperación y gozo, todo al mismo
tiempo, como en shock.
-Que bueno, que bueno mamá, estamos vivas, que bueno… Así como a quien se le rayó el disco…
Ella cubría mi cuerpo desnudo y negro mientras gritaba el
nombre de la vecina una y otra vez.
-¡Silvia! ¡Silvia! ¡Silvia! –Gritaba ella con miedo.
Silvia junto con sus hijas bajaron las escaleras preguntando
con confusión qué es lo que estaba pasando.
Casi podría asegurar que en mi mente se grabó para siempre
su expresión de duda e incertidumbre al ver el humo salir propagado por la
puerta y nuestro llanto, mi cuerpo desnudo y la desesperación de mi madre.
Las niñas corrieron de regreso a casa para traerme ropa y mi
mamá comenzó a suplicar por ayuda pues su mano le ardía, le ardía y le dolía
mucho, el fuego le dejó está marca para siempre, se quemó al intentar sofocar
el fuego con tanta insistencia.
Solicitamos la ambulancia mientras las vecinas
tranquilizaban a mi madre.
Solo tengo el recuerdo de estar corriendo de un lado a otro
escuchando las instrucciones de la pareja de la vecina.
Saca los carros, vienen los bomberos.
Una manguera, hay que bajar el switch de la luz, cerrar la
llave del gas.
¿Cual es dirección?
Una pomada, su mano.
Estamos vivas, estamos vivas, gracias universo por otra
oportunidad.
Bendita su existencia, bendita la supervivencia y el
instinto.
Lo único que pasó fue un milagro.
Mamá solamente sufrió quemaduras de segundo grado en su mano
derecha y yo por la inhalación del humo traigo un poco dañados los conductos
respiratorios.
Todo lo sucesivo fueron puros mensajes del universo recordándome
lo valioso de nuestras vidas, lo valioso de que papá, Liliana y Klaris no
hubieran estado pues eso me entregó a cambio mi propio reconocimiento de la
fuerza que me acompaña siempre, mi entereza y mi independencia.
La vida me preparó, y claro que me transformó, me regaló lo
que había estado pidiendo por mucho tiempo, sentirme capaz de dar, solicitar y
recibir el apoyo de la gente que amo y me ama.
Una tragedia convertida en lucha y aprendizaje.
Aprendí a valorar un simple respiro. Luché por salir y recomenzar
este nuevo ciclo de vida, un compromiso con el amor de mi vida, un compromiso
con mi madre, y un compromiso con toda la gente que se ha atravesado en mi
vida.
Honraré mi existencia siempre con la frente en alto de que
mi madre me salvó la vida con sus propias manos y llevaremos por siempre una
marca, ella en su mano tatuada la
cicatriz y yo en el corazón la de mi madre luchando por nuestras vidas.
Gracias madre mía por demostrarme y enseñarme a ser quién
soy, fuerte, valiente por y para regalarte la mujer en quién siempre anhelé
convertirme.
Tu hija, tu fruto de valentía y para toda la vida, tu eterno
reflejo.
Gracias universo por otra oportunidad, pues volvimos a nacer
el 31 de Enero del 2015.

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