24 de febrero de 2015

No queda nada más por decir



 I

Algunas veces se me atoran las palabras.

No hay arte, no hay nada. 

Mis huesitos de bailarina quieren exprimirse, quieren estallar y que no quede nada; no me alcanza el aire que respiro, no me alcanzan las palabras, ni la pintura, ni la danza misma ante todo lo que observo nuevo, desconocido, conocido y por conocer. No me alcanza, quiere estrangularme, retorcerse; hay algo que hay en mí, que busca retorcerse, el diablo, mi Belcebú dormido, mis llantos en la placenta, mi ente constantemente reprimido y silenciado por las bendiciones diurnas. 

Y pide arte, grita arte, quiere sacar algo quemado de mi boca convertida en cenizas coloridas de pasión, delicadas copas de vino, delicados dedos, delicado el cuerpo que pide de más, más de lo que puedo, más de lo que quiero, más de lo que debo darle, sudor, sufrir, dolor. 

Más… mas… 

II

Quiero hacer el amor con el arte mismo.
Involucrarme, revolcarme, seducirnos, envolvernos, comernos y cuando algo esté ya completo, escupirlo, hacerlo trizas, sentir que se descompone el sentimiento, que está listo, que la nada es cada vez más nada…

Y así se sienten las palabras que no se escriben, 

Así galopan,
Así vuelan… Así.

Como un compás contracturado,
una brújula desubicada.
Sin calibre en el celebro,
sin números los billetes… Así. 

Así son los silencios, así son las palabras sin cesar. 
El grito desesperado de llanto en el desayuno,
como un llanto despavorido de aves sin vuelo,
pidiendo una oportunidad, un respiro, una aleta de pescado.

III 
Me siento, me escondo, me escondo así en mis cincuenta silencios,
En los secretos de mi propia sombra. 
En el suspiro del anciano, en la mirada de tantísimos extraños me escondo,
Sigo sin mostrarlo… Así. 

IV

Vuelve,
Se siente la paz maldita.
Algo está mal. ¿y el caos?
Vuelve. 

 V

Así, dije que así.
Quiero escurrirme, embarrarme en el sexo del arte, en sus líquidos, en su género asexual.
Engañar al ser humano con lo efímero.
Engañarme.
Volver, así…

Así, así es como me mantengo tan calladita todos los días.

Como el vino sin sabor, y peor, sin consumirse. Olvidado.
Y de nuevo vienen las palabras interminables, las palabras que se dicen en los relatos nocturnos en mi balcón. Aquí está tanta mierda. 

Hola mierda. 

Hola mundo, hola Buenos Aires. 

Hacés arte, viste?



5 de febrero de 2015

2 ráfagas de fuego.





La vida y el universo se confabulan para darnos zangoloteadas.


Muy grandes zangoloteadas para valorar la vida.


Quería prepararme para su regreso, para ser la mujer de su vida, para estar en la misma sintonía, para generar amor y transformación a más personas y en nuestra propia vida. Y así es... Me renové, subí a la más grande cima, sobreviví y tengo una nueva oportunidad.


Era un fin de semana diferente, todo estaba previamente planeado. Papá estaría fuera de la ciudad como es de costumbre estos días del año. Mi hermana y Liliana se fueron a la sierra a su tercer fin del entrenamiento, así que mamá y yo seríamos hasta el domingo las únicas en la ciudad.


Como yo tenía decidido ser parte de esta transformación, planeé dormir con mi mamá, aunque ya hacía tiempo no me había dado la oportunidad de acompañarla. Eso me alegraba y renovaba el corazón.


Llegué a las 23:54 a la casa. Moría de hambre así que en cuanto llegué, me despojé de mi "botarga”  y la colgué en la puerta principal, puesto que al día siguiente madrugaría para continuar con mi misión de transformar algo en mí y en mis nuevos y maravillosos participantes. Le avisé a mi gemelo (nombre que se le asigna a mi compañero staff) que había llegado con bien y me dispuse a calentar mi cena mientras platicaba con mi madre. (Que curioso el pensar que en mis transformaciones y huellas de la vida siempre está ella muy presente). Al momento en que calentaba mi spaguetti me di cuenta que había una vela prendida en el altar que tiene ella arriba del microondas. 


-Mira, que bueno que mi mamá usa esta velita todavía, ¿Será que está pidiendo por algo? -pensé.

-Ya casi se acaba. -volví a pensar, pero desgraciadamente no le compartí mis pensamientos por compartirle otros aparentemente más importantes.

Cené y como era una noche fría prendí la calefacción de la habitación.

Ella se quedó todavía unas 2 horas más trabajando en la computadora.

Yo lo que quería era dormir, toda la tarde estuve ansiando dormir en su cama, pues es la cama en donde toda mi adolescencia dormí a su lado...

Que rico fue acostarme y sentir su olor...

Sin saber que vendría una gran tragedia...



Eran las 3:30 aproximadamente de la madrugada cuando un estruendo como un tronido nos despertó.

- ¡La coco! -pensé.

¿Qué se oyó? -le pregunté.

-No sé, con cara de extrañeza -Dijo ella.

Un segundo tronido se escuchó más cerca todavía.

-Alguien entró. -Pensé de nuevo.

Mi madre se paró. Como habíamos dormido con la puerta de la habitación cerrada no sabíamos lo que nos esperaba al abrirla.



Se paró, abrió la puerta y el escenario de humo denso se apoderó de nuestros ojos.

Yo me quedé todavía en la cama con la idea de que era algo sin tanta importancia.

Ella salió de la habitación y con voz de desesperación, miedo, y confusión me dijo: ¡Gaby, Gaby, algo se está quemando!.

Mi primer impulso fue abrir las ventanas de la habitación.



-¡Gaby!, ¡Gaby! se está quemando…. ¡La veladora!.



Salí corriendo a tientas de la habitación, juro por mi vida que todavía estaba incrédula de la situación, caminé rápidamente hacia la sala, llegué a la cocina y ahí estaba, vi el fuego.

Dos ráfagas junto al microondas.

Atravesé vidrios y maderas quebrados en el piso de la cocina para aventar agua pero desafortunadamente el agua propagó más fuego y chispas.

-Mantas, trampos, necesitamos tela. –Decía mi madre con una gran voz de angustia.

Ella se acercó y de igual forma con sus pies completamente descalzos piso los vidrios que a primera instancia parecían ser los vidrios de la estufa, pero no era así...

La alacena había explotado, lo que sucedió fue un corto circuito. Gracias a que la alacena explotó, todas las tazas cayeron al piso generando el sonido que nos despertó y de ahí comenzó el incendio. 



 y seguía diciendo tela, tela tela...

Me hice para atrás invocando al papa Juan Pablo II con insistencia, incluso a San Antonio aunque no tuviera nada que ver con la situación...

-Virgencita, Juan Pablito, San Antonio...

-No se apaga Gaby, no se apaga, dame tela, trapos, algo!

-Tranquila mamá, todo va a estar bien, tranquila. ¿Te doy mi ropa? Le dije todavía como esperando su aprobación y que ella me dijera a mí que iba a salvarnos y todo estaría bajo control.



- Sí, lo que sea, tela, trapos, ¡dame tela!

Me quité la ropa, no me importó pensar que podía ser peligroso exponer mi cuerpo desnudo de esa manera. Empecé a toser, el humo no me permitía ya respirar, ansiaba salir mientras a lo lejos mi mamá gritó ¡Abre la puerta!

-Las llaves, ¿donde están? Mientras caminaba entre la oscuridad del humo con desesperación.

-No se apaga Gaby, no se apaga. Seguía repitiendo con insistencia.

-Tranquila decía yo, las llaves. Lo único que quería era respirar.

Respirar… nunca había valorado el verdadero significado de respirar aire puro.



A tientas caminé hacía la puerta buscando encontrar las llaves en el adorno donde se supone deberían estar. No estaban.

-No, en la bolsa Gaby, en mi bolsa, en la mesa del comedor.

-Dame tela, decía, se está prendiendo más.

Alcancé a tomar del respaldo de la silla junto a donde estaba la bolsa lo que parecía mas tela, su uniforme.



Entre más tiempo pasaba, mi conciencia iba desapareciendo por la desesperación y el humo que aumentaba constantemente, lo que hizo que de un momento a otro olvidara donde había dicho que estaban las llaves. ¿En el cuarto? Las llaves, ¿en el cuarto?, ¿y tu bolsa? –Pregunté con mi voz quebrada y sofocada.

-Gaby en el comedor, en la mesa del comedor.



Camine de nuevo a tientas, abrí la ventana a un lado de la puerta principal, donde había colgado mi botarga de staff.

Regresé entre el humo y tomé las llaves de su bolsa al primer intento.

Regresé tosiendo como un zombie a la puerta, no veía nada, no veía la chapa.

No puedo abrir mamá, no puedo, repetía, tranquila mamá, tranquila repetía también.

La desesperación se apoderaba de mi, mis manos temblaban, mi cuerpo desnudo se tiznaba cada vez más.



-¡Ya! Ya se apagó. – Dijo ella.

Mi salvación.

En ese momento logré abrir la puerta principal...

Y respirar, respirar una vez más. Vivir…

Fueron menos de 5 minutos que nos parecieron eternos, sentía que no salía, que no iba a lograr respirar una vez más, y entre llanto, confusión y extrañamente agradecimiento por una oportunidad más y la bendición de haber estado con ella me hicieron gritar...

- Que bueno que estaba contigo, que bueno que estaba...- repetía yo con importencia, dolor, llanto, desesperación y gozo, todo al mismo tiempo, como en shock.

-Que bueno, que bueno mamá, estamos vivas, que bueno…  Así como a quien se le rayó el disco…

Ella cubría mi cuerpo desnudo y negro mientras gritaba el nombre de la vecina una y otra vez.

-¡Silvia! ¡Silvia! ¡Silvia! –Gritaba ella con miedo.

Silvia junto con sus hijas bajaron las escaleras preguntando con confusión qué es lo que estaba pasando.

Casi podría asegurar que en mi mente se grabó para siempre su expresión de duda e incertidumbre al ver el humo salir propagado por la puerta y nuestro llanto, mi cuerpo desnudo y la desesperación de mi madre.

Las niñas corrieron de regreso a casa para traerme ropa y mi mamá comenzó a suplicar por ayuda pues su mano le ardía, le ardía y le dolía mucho, el fuego le dejó está marca para siempre, se quemó al intentar sofocar el fuego con tanta insistencia.



Solicitamos la ambulancia mientras las vecinas tranquilizaban a mi madre.

Solo tengo el recuerdo de estar corriendo de un lado a otro escuchando las instrucciones de la pareja de la vecina.



Saca los carros, vienen los bomberos.

Una manguera, hay que bajar el switch de la luz, cerrar la llave del gas.

¿Cual es dirección?

Una pomada, su mano.


Estamos vivas, estamos vivas, gracias universo por otra oportunidad.

Bendita su existencia, bendita la supervivencia y el instinto.

Lo único que pasó fue un milagro.


Mamá solamente sufrió quemaduras de segundo grado en su mano derecha y yo por la inhalación del humo traigo un poco dañados los conductos respiratorios.


Todo lo sucesivo fueron puros mensajes del universo recordándome lo valioso de nuestras vidas, lo valioso de que papá, Liliana y Klaris no hubieran estado pues eso me entregó a cambio mi propio reconocimiento de la fuerza que me acompaña siempre, mi entereza y mi independencia.


La vida me preparó, y claro que me transformó, me regaló lo que había estado pidiendo por mucho tiempo, sentirme capaz de dar, solicitar y recibir el apoyo de la gente que amo y me ama.

Una tragedia convertida en lucha y aprendizaje.


Aprendí a valorar un simple respiro. Luché por salir y recomenzar este nuevo ciclo de vida, un compromiso con el amor de mi vida, un compromiso con mi madre, y un compromiso con toda la gente que se ha atravesado en mi vida. 


Honraré mi existencia siempre con la frente en alto de que mi madre me salvó la vida con sus propias manos y llevaremos por siempre una marca, ella en su  mano tatuada la cicatriz y yo en el corazón la de mi madre luchando por nuestras vidas.


Gracias madre mía por demostrarme y enseñarme a ser quién soy, fuerte, valiente por y para regalarte la mujer en quién siempre anhelé convertirme.


Tu hija, tu fruto de valentía y para toda la vida, tu eterno reflejo.


Gracias universo por otra oportunidad, pues volvimos a nacer el 31 de Enero del 2015.