19 de septiembre de 2014

Comunicado de auxilio

Mis manos han adquirido innumerables ojos benditos.

La estancia de mi corazón ha cerrado los ojos con lo que siquiera mi mente pudiera escribir ante el silencio de mis mil dolores, mis mil pérdidas, mis mil desalojos y por último y consiguiente mis mil amores de antaño.

Mis manos se han tornado color morado, azul y tornasol.

Se han estado derritiendo ante la ausencia, la decadencia del valor, lo subjetivo de la pertenencia y lo inestable del llamado capital.

Y a lo mejor no se concibe en ningún hemisferio humano cerebral el choque constante del crepúsculo marginal de la raza humana, pero sí se descubren entretejidas las habladurías que limitan la apertura de la conciencia y aunque sea la utilización de un 10% de nuestra capacidad mental.

Y mis manos, las del Dios mismo, son capaces de tapar, escupir y tal vez enredar las letras de manera en que todo suene como una pluma de tintero.

Mientras tanto, descubro la sabiduría bendita, me veo situada en medio del amanecer, girando sin cesar, brillando, capturando con mis manos infinitas luciérnagas que pillan con el sonido del páramo y la grandeza de la eternidad. No tengo, y no obtengo. Yo recupero, recupero lo perdido del sentido espiritual, de la razón del arte antiguo, del lenguaje de los dioses, de la delgada línea entre la vida y la muerte y nuestra maravillosa capacidad de explotar orgasmos con pintura, con letras y con el cuerpo mismo.

Recupero entonces, lo que el ser humano olvidó, retomo datos, capturo imágenes, recreo instantes fugaces, lloro el dolor, lloro la alegría, lloro la vida, lloro la ilusión. Añoro la bendición de un mundo utópico convertido en realidad, de un mundo que vuelva a empezar, que vuelva a creer, que siquiera vuelva y me salude con 3 pinceles y me escupa en la cara su renovación vital, su arte, su música, su armonía.

Pues solo nací, o mejor dicho, nacimos para ser todos seres de verdad, seres que no solo mueven su anatomía al ritmo del tic tac o la rutina; surgimos para desenmarañar los siglos que estuvimos dormidos antes de nuestro nacimiento, brotamos de nuestra madre tierra para descombrar imágenes color sepia, recuerdos auténticos de un ser humano leal a la existencia, a la creación misma, a la luz.

Y mis manos, con sus mil agujeros negros y estos mis labios tiernos y heridos aclaman a cualquier lagrima de ilusión que tengan, recuperen un soplido de esperanza, un empujón de algarabía, un estallido de éxtasis por la salvación de nuestra especie; una oportunidad de hacer y ser arte con los materiales que la vida misma dispone a nuestro alcance diario. Aclamo con gritos inocentes e insolentes soltar nuestras manos, aflojar los dientes, relajar la mirada pelando los ojos y dejarnos tumbar por el aire, por la brisa, por el amor y exclusivamente por el lenguaje divino que viene escondido en la práctica de la atención a la verdadera esencia que nuestra transparente y delgada existencia funde día con día.

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