Cada que estoy lejos de ti mi corazón grita tu nombre. Suplica tus manos, tus ojos, tu boca. ¿Cómo le hago?
Nuestras manos se engancharon, se amarraron con cinta eterna, nuestros cuerpos se piden, se suplican, se aclaman...
Tus labios de chocolate, tus manos de cristales preciosos, tus ojos, las joyas más bellas del cosmos, tu cuerpo de sirena bendita me tienen hipnotizada.
No existe cuadro más bello que tú, no existe aleteo más vibrante que mi corazón por ti. No existe nada más grande que nuestra existencia.
¿En dónde guardo este latir, este sentir, este grito por tu nombre? Dónde más que en la fusión de nuestros cuerpos, la intimidad, el silencio, el gemido, el momento, el instante y el gemido otra vez.
Tu nombre me salvó la vida, tu deseo por mi bendición y luz la dibujaste, creaste, diseñaste y lleva tu respiración.
Me metiste en un frasco de mentitas, lo agitaste y descubrí la plenitud, descubrí mi corazón, reencontré mi intensidad, mis fobias y mis ganas por caer y retomar el vuelo.
Estoy parada a punto de saltar, tu vigilas mi caída y yo me voy a aventar.
¿Estás lista?
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