La puerta está en un constante vibrar, en un silbido de mis ojos, en el secreto de un adiós.
Se me acabo el aliento, se me acabo la mirada congestionada de amores pasajeros, se me sacudió el ADN de mi sexo, de mis suspiros, de mis lagrimas convertidas en pintura.
Burbujas tronadas de amor, desaliento, ahogo, gritos, silencio.
Dedos cruzados, saliva escurrida ante tu inexistencia, ante el despecho, ante el desalojo, la demora, el tiempo…
Suspiros de dolor los que cuentan mis pezones, mi propio corazón se volvió un vidrio fundido en el calor del pasado.
Mis alas de colibrí flotan ahora al vaivén de sonrisas e ilusión, y mientras… se nos iba el tiempo.
Y solo así, sin frío, sin nada, sin aire, me fui flotando, me fui corriendo.
Levanté las manos y huí.
Huí completamente desnuda, indefensa, escapé.
Así me fui sin voltear, sin esperar. Me di la vuelta y patee las apariencias que hay en mis ojos, en mis dedos, en mi boca. Me di la vuelta y emprendí el vuelo de mi libertad incondicional. Vomité el misterio de trescientos golpes y doscientos cicatrices en mis muñecas.
Me di la vuelta a caer, a ir rápido, a no parar, chispido, vibración, instante.
Así volteé mi propio mundo como un reloj de arena, así tan de repente, como mi propia esencia lo pide, lo grita, lo exige. Así, sin daño, así sin miedo, así, así tan delicado y sutil.
Una llamada y adiós. Un beso y adiós, un hasta luego.
Se derritió mi corazón, se consumió, se me terminó la dosis de sueños idealizados, de batallas sin sentido, de luchas inconclusas. Se calló el ritmo, se consumió.
Y así… extrañamente, delicadamente, ante mis manos me encontré el final de ti.
Y así… ante mis manos me fui consumiendo, así me fui apagando, me fui carcomiendo, soplando, llorando. Y solamente así se nos fue la vida en repeticiones inconclusas.
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