9 de marzo de 2014

En el país del nunca jamás.

Mis átomos malditos tienen sarampión,
el rosa de tus labios me sitúan en el verbo de los cielos, 
no cerraré los ojos ni aunque esté dormida. 
El algodón color fuego, sabor luz, sabor Mozart surge en un jardín donde existe un paraíso de vibraciones que alumbran la venida de aquella fuerza que poseen las flores. 

Delicado que existe, que vuela, que no estorba para conocer el mundo entero. 
Deshacemos el tiempo, soñamos, los locos sólo soñamos, ¿cómo me desenredo...el cabello? 
¿Por qué me despertaste? 
Ya estaba a punto de con un vistazo salvar el mundo entero,
estuve al límite de desprenderme de las nubes y caer hacia el fondo oscuro y siniestro del mar. 
Pues no puedo ver nada, soy ciego, ¡me dejo ciego! Esa hada me dejo ciego. 
Sirenas injustas, hechizadoras de Satanás con un toque del benigno, con el grano de azúcar necesario para sonreír a nuestro propio reflejo. 

La culpa, la ofrenda de la otra mejilla, pues el verdadero perdón es un beso al corazón que nos salvará de la vida. 

Tengo la magia entre las manos, el drama, la venganza, la delicadeza del diablo, que es Dios mismo. 

Pues ves? Ves lo que yo veo que tu ahora ves?
Yo...
Yo en realidad no tengo experiencia.
Uno no mata pues asesinar sería dar mucha importancia al ignorante, mejor te amenazo con darte una gotita de medicina vital, de sociedad, de reglas, de religiones, de plasticidad universal. 

El tiempo es la mayor amenaza.
Que humillante es ser parte de esta historia, pero acabo de recordar que el verdadero escondite se encuentra donde no quieres hablar. 

Las sirenas saben todo. 
Las sirenas somos buenas para ahogarte si te acercas demasiado. 
Heme aquí, ahogando a medio mundo mientras descubro mi identidad inmoral, mi identidad y mi código esencial. 
Con la vida enterré la muerte en mis propios pies. 
Y esque no siento miedo, sino curiosidad.

Y si, si tengo otros nombres, otros nombres muy salvajes, maravillosos, deslumbrantes, pues yo me hago llamar a mi misma historia. 

Alucine, alucine de una rendición horripilante, fuego, grito, cayendo, sumergiéndote de nuevo al fondo del mar, pues estoy tan cerca de mi mística existencia que yo me estoy hipnotizando con mi delicada maldición de ser penetrante y fina. 

Y el reloj sigue en pie, suplicándole pausa, pausa incorrecta, una pausa que nos consume durante la lucha de fenómenos trágicos. 
Pues los niños tenemos todas las razones que el corazón describe al palpitar. 

Por eso mi arritmia. 

¿Por qué me despertaron si estaba a punto volar?

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