Tu llanto de princesa me destroza el corazón y me golpea el
cerebro.
Sollozabas entre lo oscuro del parque la inestabilidad de tu
esencia, la desesperación de mis gritos, la vida colgando del puente más alto
hacia el abismo.
Furia.
Me siento rota.
Y empezando a morir.
Lentamente, como siempre he deseado, como siempre he
querido, como siempre supe que iba a ser.
Carcomida de los labios, enyesada de las piernas, yagas en
el corazón, en la mente y en la pasión.
Desgracia.
Y es que gritar se ha vuelto el placer más grande de mi
Belcebú dormido.
Ya hay nada, ya no hay nada en la coherencia, en la cordura
ni en la paciencia.
Ya no hay nada.
Se acabó.
Soy el demonio que creamos juntas, el que no se escucha y
después arde en fuego al rojo vivo entre paz, el que crea las tinieblas entre
la primavera de un Dios que se burla de nuestras reacciones ante los dados y el
azar.
El hongo, el columpio, la banqueta, el humo flotante de la
añoranza, de la perdición.
Soy el verbo de la perdición, el verbo de la muerte, la
acción del poeta sin palabras, del artista sin manos, del bailarín sin pasión.
Soy lo perdido, lo inestable, lo incomprendido del planeta tierra. Soy la
soledad, la vida sin dueño y la llamada de un sordo. En todo eso me convertí,
en todo eso me reflejaste, en todo eso.
Y el llanto jamás se olvida, jamás se perdona.
Jamás.
Cuando ya no esté, estaré.
Cuando ya no respire, respiraré como nunca lo hice.
Cuando sea libre, mi cuerpo dejará de suplicar dolor, dejará
de ser, empezaré a vivir.
Dejaré de estar rota, pues no tendrás entre tus manos ni un
pedazo de mí.
Cuando deje de estar rota tu muñeca de trapo bailará al son
del sueño, del “hubiera sido”.
Cuando sea libre, en muerte resonará el llanto que más nos
dolió.
Pues el intento no-fallido del suicidio comenzará a brotar.