No puedo desertar de mi eterna alegría.
Mi corazón está en carne viva,
pues el tintero de olas,
se ha clavado en la demora.
No voy a cortarnos las alas,
No voy a curarme jamás de tus besos,
ni de tu vista, ni de tu estómago
y mucho menos de tu entrecejo.
A media voz lo susurran mis lágrimas,
a grito silencioso rasgas mis entrañas,
golpeas cada noche con
ahínco mis arterias,
mi respiración y sensatez.
Estamos débiles, consumidas del tiempo,
y lentamente se apaga lo que es ver las estrellas,
Lo que es tocar el cielo, haciéndonos cosquillas la cabeza.
Tú eres la vulnerabilidad de mi sexo,
lo que dormita la entraña más grande de mi deidad,
necesitas masticar mi cordura para sucumbir
y despertar al amanecer.
Necesitas volver a introducirte
en lo que más te ahoga para sobrevivir,
para aflorar las tensiones,
aflojar la visión,
y que tu espalda sea mi barca.
No voy a renunciar a los silencios contigo,
ni a las palabras, ni al arte.
Ceder a la perdición es como escupirle a la danza.
Cesarte, es morirme.
No voy a colapsar ni una vez más ante el reloj.
No me voy.
Grande maestra del planeta,
Grande luz de la penumbra,
Soplido del viento eterno,
no quiero saber donde está,
aquello que no sabemos dónde es.
Pues el cáncer del mundo es mío,
y tú has venido a sanarlo.
Y aunque esté a un milímetro de irse,
Y no volviera a ser hoy,
te recordaría de nuevo que jamás te dejaré.
Pues de ti vivo, y de ti moriré.
No hay comentarios:
Publicar un comentario