Ya sabía que me cortaría con el
cuchillo al partir el limón. Agrío, agrío como la vida misma.
Y en verdad no me dolió nada, nada
nadita.
Estoy acostumbrada, quizá.
Sangre, deliciosa sangre, casi
blanca, casi pura, casi nada.
Nos domina el hambre, del
conocimiento, del espíritu, del ser, del despertar.
Nos domina el arte.
Ya lo sabía, sola, sola y atenta,
sola y en silencio, sola, por mi cuenta sola.
¿Valiente?
Ni una pizca. Cobarde, egoísta, una
completa desconocida.
Tierra, moneda, pasado, piedras, tú,
viento, sensaciones adormecidas mientras la vida pasa.
No hay como curarse de la intriga,
no hay como curarse.
Pues en un columpio empieza la
demora del tiempo, la premura del corazón, la constante punzada de perdernos en
aquello, aquello que el trigo olvida y Cupido retoma. Procurando conexiones
indecisas, futuros imprecisos, volcando el miedo en pasiones no enfermizas,
pero sí incomprendidas.
Por mi cuenta con tu boca, con mi
humo y mis desvelos. Con Chopin en las arterias, con matanzas y ambiciones, por
mi cuenta con tus manos, con el piano, el amor y el deseo.
Pido claridad cuando no hay cura al
caos. Claridad en palabras, letras y diálogos.
Disparo de reconocimiento interno,
de diversión ante la tragedia de vivir sin alas. Pues sin alas naces, y con
alas mueres sin tenerlas en las manos ni en la espalda, ni en el sexo.
Y uno hace la diferencia…
Colgándose de un hilo, volteando el
mundo desde un pasamanos, golpeando sin cesar el vértigo en el estómago,
recordando el miedo por caer, la distancia mínima del aire por las mejillas,
jugar al azar, jugar a jugar, jugar a matarnos y no vivir más.
Pues ya sabía que me cortaría con el
cuchillo y por mencionarlo heme aquí sin cura alguna.
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