La valentía endemoniada retumba en mis tímpanos, galopa entre mis
lágrimas hechas de sangre caliente y gargajos helados de muertos
vivientes.
Me succiona la malicia del dolor de mis venas, del maldito patrón, del
consecuente delirio. Duele, desde las puntas de mi cabello hasta la
arteria más lejana de la duda. No estoy, estoy, pero sigo sin estar.
Y vuelve, vómito mental, presión abdominal, duda, incertidumbre, pregunta, respuesta y comenzamos de nuevo.
Estoy rota, sin aliento, sin suspiro, sin deseo de tener los ojos tan
abiertos. Comprendo que estoy despierta, sólo pegame los párpados con
baba mientras deja de llover y ya veremos mañana.
Estoy rota, en esos cuatrocientos silencios, gritos, golpes y malabares.
Presión lumbar, aire contenido, garganta obstruida, callar.
¿Cómo es qué es la tristeza? Yo no siento nada más que treinta y cinco frases
diferentes en un sólo minuto. Estoy sintiendo todo lo que siento.
Checa mi presión, maneja mis signos vitales, ¿qué tan sucio esta mi
sexo? ¿Cuantos bisturíes perdimos? ¿Cuántos llantos ya escondí y cuantos
días maldecí?
Duele desde que ocupe aquel lugar y me dejaste salir, pues ayer perdimos la casa en donde ocho meses existí.
Flote, llore, mordí, manosee, me formé.
Donde por primera vez viví.
Desde dónde yo golpee a tu mundo de mujer, dama bella, mi mamá, hoy perdimos mi hogar, hoy acaricio lo externo
que mantiene el enredo más secreto de tu vida, más íntimo cualquier
día.
Me recuerdas que la herida no es de donde yo lloré, sino vestigios de algún día ver un milagro nacer.
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