Constantemente me pellizco los pezones para asegurarme de estar viva.
Tal vez por eso soy lesbiana.
Y es que cómo tantas veces en mi vida, ya me la sé, tengo
tan abiertos los ojos y me dedico a verificar con una cuchara que tan redondas están
las cuencas de mis globos oculares, todo con el afán de insistir por la pena
que me da engañar a un simple campesino. Pues sigue siendo como siempre solo
una biferasión de mi imaginación, un deseo de mi inconsciente y las ánimas de
mi Satanás bendito.
Estoy encerrada dentro de un carro, estoy empezando a sentir
claustrofobia. Que ¿qué pasa con mi cuerpo? Solamente escucha lo que mi mente
dice y cree, sintiendo como mi corazón se acelera, palpita, retumba desde mi
esternón hasta mi coronilla.
Y ahí viene, ahí va, le di un golpe a la manija. Comenzó a
pitar la alarma del coche, pero… ¡Yo no fui, lo juro! Estoy segura que fue la
patada de alguien más. Pero… ¡no llores niña! Te juro que no fue adrede. Al
menos dame utopías, pasándome causas perdidas y adoloridas, sálvame de este
entierro.
Y ahí viene de nuevo la insistencia, son sinuosos movimientos, rojo, rojo y delicadeza en
silencio tu cuerpo y nosotros. Bailarinas con movimiento, tu y mi feminidad
expuesta, descarada, tuya, tuya y mía porque la compartimos. Coloreando,
declamando…
Me convierto en una dama queriendo elegancia, sufriendo y
expresando un estereotipo, poso, buscando donde dirigirme. ¿Qué más somos sino
esto? Cisne, blanca, mujer. No quiero perderme cualquier detalle, ni para
escribir dejo de voltear. Un detalle, un instante, calidad, estética de
belleza. Jugueteo de colores, sábanas y amores, tentaciones, nada más que
tentación encolerizada, dramática y fugaz, movimiento con coraje.
…yo y mi risa pícara ante cualquier error instantáneo.
Ligereza, escupitajo de destreza.
Bendita la hora de esta verdad aclarecida en nuestros senos,
donde se esconde la luz de la fantasía real.
Tiemblo, tiemblo, tiemblo y volteo, gateo, observo, abro las
piernas, me las quito, me las pongo, jalo y brinco para caer entre tanto
rechazo.
Estoy aquí sola, sentada con mi cigarro, escuchando el
aplauso de mi estúpido corazón alumbrado entre llanto de perdición y demora
injusta.
Soy lo mas disperso posible.
Y no sabía si contar el tiempo era mejor que liberarlo, pues
tocó constantemente el vidrio y en sus nudillos quedaron pedacitos del pasado.
Pues solo te pido que no me hables sobre la tercera
dimensión de mis cicatrices.
Soy un cordón blanco, un hule grueso, vidrio limpios y
rotos. Soy risa elevada en un cuarto desordenado.
Pero, ¿qué chingados te pasa? ¿Así vas a dejar tus mocos en
el techo?
Oye, ¿ya es de día?
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