Esto es un estúpido juego de azar, donde quien más soporta el dolor, gana.
Es la casa eterna de la perdición, donde el que más poder tiene, gana.
Y donde es preciso quemarnos un cigarro justo en la yugular, dibujarnos dolor en las muñecas, aventar un vidrio contra una ventana, golpear la pared, darnos cachetadas, manotazos y de pilón escupitajos para despertar a la realidad, la verdadera locura humana y existencial.
Las palabras se las lleva el viento, los momentos no.
Precisamente eso hago, quemarme la piel para recordar mis luchas, mis eternas y constantes luchas de poder mental.
No estoy parada donde quiero. No estoy haciendo lo que quiero, porque si preguntan lo que si quiero y siempre he querido es aprender a morir lentamente.
Yo no desperdicio el tiempo, estoy en el intento número 536 de mi escoria existencial. ¡Mierda! ya me jodí. Ahora si sangraron mis muñecas. Todavía me faltan un millón trecientos curanta y nueve horas por aguantar un instante.
¿Acitudes? No, son realidades.
Realidades que duelen,¡puta madre!
Estoy intentando volar y me cortan las alas cuando apenas estoy tomando impulso.
¿Dónde estoy?
Situada en el abismo, en el más recóndito vacío de mis ganas por morir, hundida en el limbo de la vida, pretendiendo.
Solo pretendiendo. ¿Qué es todo esto?
Nada, pero a la vez es la totalidad del dolor acumulado.
Nadie entiende, nadie quiere entender, huecos, vacíos, y terriblemente terrenales.
Pues nadie entiende que no se ha dado cuenta de que somos la broma de Dios.
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¿Que si no me duele? Voltea a ver mis muñecas, voltea y ve mis entrañas, voltea y ve mis heridas, ve como sigo viviendo, esa es la más grande prueba de este dolor.
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