Gritar… Gritar y llorar todo lo que me hizo falta, todo lo que en silencio dejé escrito en letras transparentes en mi corazón de pollo, en mis piernas de listón y en mis agujeros negros. No sé cuando acabaré, tal vez nunca lo sabré.
Pero quiero repetir que cada pecado mío está escrito en mis muñecas. Es el acto que repito todo el tiempo para despertar quizá, para morir más quizá.
Entonces quedará claro que tengo el puto poder de enterrarme treinta y nueve cuchillos en la yugular cuantas veces quiera, pues es solo el filo del dolor el que generaría.
Y aunque he sabido todo el tiempo que no es preciso decirlo, me repito una y mil veces lo que yo misma reniego: ¿Quién me encerró? ¿De quién chingados se habla? ¿Quién se la está jugando por ti? ¿Eres tú?... ¿Julieta?, ¿Ivone?, ¿Armando?, ¿Antonio?... No, no me digas que ahora vienes Samantha… No me digas, no te atrevas ni a silbar mi canción del mar, no te atrevas a repetir mi patrón favorito para jugarme el azar en este abismo volteado.
Pues tal vez ya me había perdido desde el principio de cualquier era, del espacio, de la galaxia y de mis propios oídos… ya me había perdido Gaby… ya me había perdido…
Por tanto yo siempre he sabido, desde cualquier edad remota de mi ser, que estoy cansada, cansada de este cuerpo que no entiendo tanto afán por encerrarme, que no entiendo que significa, que no comprendo su razón de tapar toda mi masa gris deformada.
Y como siempre, me voy cayendo del hilo, escupiendo la pesadez del silencio que guardan mis vísceras. Pues ¡Estoy harta!, sí, harta… Me encuentro sumergida en el agotamiento de tener un cuerpo que mueve mi llamada alma. Mi entidad grisácea.
Quiero conciencia, quiero precisión, necesito gritar todo eso que creo no preciso mencionar.
¡Como si tuviera ganas de vivir chingada madre!, ¡Yo no lo pedí!
¡Eres tan idiota!, ¡estúpida!, ¡eres solo mierda!, ¡tal vez una verga! ¡Fálica y puta! Me encanta la palabra puta, tiene un sentido diferente cada vez que la repito, pues busco encontrarme y despertar...
puta… Puta… PUTA… ¡PUTA!
Es como si mi pierna estuviera enterrada en una nube y no tengo fuerzas para sacarla. Puta, repito: ¡Puta!
Pues si fuera preciso mencionar siquiera lo poquito y necesario de mi muerte, me atrevería a escupirlo por tus mejillas. Pues se ha vuelto certero el sentimiento púrpura de tal ficticia grandiosidad de mis órganos vitales, de cara poro de mis oídos.
Se repetiría un millón de veces y tres repeticiones más si te importara un comino la uva de mi dolor real. Pues levito en sueños lo que es mi realidad. Voy elevando cicatrices del pasado, menciones de un triste desahogo, golpazos encajados en mi pecho y matanzas de cualquier vestigio criminal.
A navajazos maté mi conciencia, con mis dedos incrementé el espasmo de un colibrí zurciendo mis errores y no dejé de quebrarme las rodillas ante las líneas del ferrocarril, sigo pagando caro el deseo de mis padres por darme vida.
¡Yo no pedí vivir! ¿Cuándo vas a entenderlo? Fue el deseo de alguien más que ahora estoy intentando soportar. Si hay algo que pido precisamente es gritar mis ganas por aprender a morir lentamente, como la aguja delicada que sutura mis ojos para no dejar salir la monstruosidad de aquellos agujeros, huecos y con hambre. Con hambre del cuchillo más filoso de tu pasado, delicioso, brillante y con un sonido deslumbrante de erotismo.
Y continúo sabiendo que nadie quiere saber, por eso sé que no es preciso mencionar siquiera lo que mi llanto obliga.
Es por eso que si fuera preciso de verdad, que cualquiera que lea, supiera todo esto, ya me habría quedado callada desde mi nacimiento.