Tengo la columna vertebral adormecida, anestesiada, muerta.
Aquí llegué, aquí me fui.
Dormida, y dormida llegué, nunca sola…
Con lagrimas en los ojos, con mi cuerpo estremecido,
deshidratado.
Ahora...
...ahora tengo picoteadas todas las venas de mis brazos.
No fue la heroína, ni siquiera el éxtasis de su fulgor de
mujer.
Fue ese suave caudal de la vida que nos lleva a donde
estamos,
a donde no estoy.
A donde tal vez voy.
Voy o no voy, sufriendo, llorando, en silencio tu pérdida
dolorosa.
Que no es mía ni tuya, ni de nadie, es de aquella damisela
de vestido púrpura que se acerca a un hombre en el recibidor del hotel Ancira.
¿Pero dónde será el hotel Ancira, si ni siquiera lo concibes
en tu cabeza? ¿Dónde va a estar si no está aquí?, ¿O allá?
Como el tafil dándote vueltas en tus órganos sexuales, como
la masturbación poderosa de tu propio ente quemado, de tu propio instinto, de
ese animal que tú eres. Que yo soy, pero que al final, no es nada, no dices
nada.
Asco, escoria, pudrición, descomposición humana, mental,
mental, corporal y humana de nuevo.
Sexo, semen, vagina, penetración, sudoración.
Olor.
Tafil, paracetamol y heroína en la columna vertebral.
No sé ni que estoy diciendo, pero algo es lo que es, si no
es ¿cómo será que estoy haciendo lo que ya ahora es?
-¡Tengo un dolor en la espalda que no se me quita!
...Anestesiada, muerta, pero con vida.
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