11 de marzo de 2012

Toboganes posteriores armados

Estoy en el segundo piso del planeta. 
Todo parece ser infinito, el piso está repleto de nubes blancas y el resplandor del sol me ciega los ojos. Esa es la famosa luz que se ve al morir. 


Parecen nubes burbujeantes. ¡Plup, plup! Seguro son pachonsitas y con fragancia a nube fresca. Tal vez hasta calientitas, como para restregarme en ellas. ¡Son los camastros del cielo"

Escribir es viajar. 

Solo el lector enamorado consigue boletos de primera clase en ese avión.
El viajero es un descubridor y viajero de si mismo.
El viajero es una hoja ávida de signos. 

El amor es un tren de arrancones imprevistos. 
Enamorarse de un viajero es contraer nupcias con solitarios o suicidas. 
Lloviendo como si Dios no tuviera otra cosa que hacer en el planeta. 
Esto es solo una relación amorosa, haciendo único de lo cotidiano. 
De la liberdad un mar. De un pájaro a la ópera. De unos pies a una danza. 


Para amarte después de la batalla aunque mañana al despertar nos preguntemos: "Aquí estamos ciudad... ¿para qué diablos? ¿Para qué diablos Mérida? ¿Para qué?

Mérida. Mi primer viaje real al interior. Me sentía infelíz, aislada, sin querer esa metamorfosis.
Y ahora recuerdo, que sabias palabras... Ha sido de los mejores viajes de toda mi vida. 

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